Lunes de color de rosa… Llegan propuestas de #empleo

Os voy a contar algo. Hoy ha sido lunes. Y aunque parezca extraño, no ha sido un mal día. Ha amanecido igual que cualquier otro día. Cierto es. Me he despertado como todos los días. Verdad. De hecho, no acabo de conciliar el sueño por completo. Y me cuesta dormir seguido.
Lo achaco al hecho de tener que adaptarme a mi nueva casa.
Aunque ya han pasado casi cuatro semanas que vivo aquí.
Nunca me había costado tanto adaptarme a un lugar.
Circunstancias obligan.
El caso es que tenía una visita de cortesía en Valencia.
A primera hora de la mañana.
Me he tomado con calma el llegar hasta allí.
No me obligaba ninguna hora en concreto.
El caso era llegar y entregar el paquete.
He perdido más tiempo del debido orientándome en la capital del Turia.
Aunque no era la primera vez que acudía a aquel lugar.
Recordaba una calle peatonal.
Una encrucijada de caminos que iba a morir en la entrada de un parking público.
Recordaba mesas, sillas, bares de tapas…
Recordaba calles estrechas.
Estrechos vericuetos.
Aún así, me he perdido entre las calles de Valencia.
El GPS daba una certitud de unos mil quinientos metros.
Complicado encontrar de esta manera nada que mereciera la pena.
Lo más probable es que estuviera a mil quinientos metros de ella.
Exactamente.
Finalmente, llegué a mi destino.
Y paradójicamente había pasado por sus proximidades hasta tres veces.
Esto pude corroborarlo al salir en dirección a Castellón.
Y pasar junto a la plaza de toros.
El caso es que, salía rumbo a mi casa, con los sentimientos encontrados, pero con el deber cumplido.
Y es al pasar junto a la plaza de toros. Y seguir un poco más adelante hasta llegar a la plaza de la villa, cuando decido detener el coche en doble fila.
Me asalta un presentimiento.
Realmente es una certidumbre.
Sé que a lo largo del día de hoy han de llamarme del Centro de Estudios Financieros de Valencia.
Al menos, esa es la convicción que tengo a raíz de los mensajes que nos cruzamos el pasado viernes.
A punto de tomar camino vuelta a casa decido cambiar el rumbo y ponerme en contacto con la empresa para interesarme por esa entrevista.
Qué mejor que aprovechar que ya estoy allí para intentar vernos, y conocer cuál es el interés que la empresa tiene en mí.
Les llamo.
Quedamos en apenas veinte minutos.
A esto se le llama aprovechar el viaje para cerrar dos tratos.
¿Truco o trato?
Cómo se me antoja a Halloween.
Aprovecho mi falta (de tráfico) y consulto a un agente para que me oriente y poder llegar de inmediato al lugar de mi cita.
Instrucciones fáciles y sencillas.
En quince minutos he llegado a destino.
Al entrar en el centro pregunto por quien tengo que hablar.
No he de esperar más de tres minutos.
Amable, una mano tendida me invita a pasar.
Ya conozco las instalaciones.
Hace un par de años fui alumno donde presumiblemente vaya a ser formador ahora.
Hablamos.
Compartimos información.
Ésta es, sin duda, la parte más importante de cualquier entrevista de trabajo.
De acuerdo que es un intercambio de preguntas y respuestas.
Pero, ¿qué en esta vida no lo es?
Lo que hemos de hacer es darnos cuenta de que cuando esto ocurre hemos de saber reaccionar.
Convertir esa especie de interrogatorio en un intercambio de información.
En una conversación donde se funden intereses mutuos.
Hemos de saber interactuar.
Hemos de tener habilidad para contar lo que se necesita saber de nosotros.
Pero también nosotros hemos de saber qué es lo que espera la empresa de quien ocupe el puesto al que optamos.
La entrevista ha de convertirse en un quid pro quo.
De la conversación me quedan claras dos cosas.
Que quieren contar conmigo.
Y que mi perfil encaja perfectamente con la filosofía que la empresa inculca a sus alumnos.
Antes de despedirnos, dejo pendiente remitirle, por correo, información de mi curso de redes sociales.
Ha sido un encuentro emocionante.
Interesante.
Productivo.
Regreso a casa.
Algunas llamadas con el manos libres.
Repaso mentalmente todo lo que ha sucedido.
Aterrizo.
Queda toda una tarde por delante para poner en orden mis ideas.
Pocas horas para redactar una propuesta en la que volcar todo mi convencimiento y mi interés por el tema.
Espero hasta casi las cinco.
Diez minutos antes de la hora del té, salgo hacia la biblioteca.
Paseo vespertino bajo el sol de febrero.
Llego.
El trasiego de las horas pasa rápido.
Apenas tengo tiempo para hacer cosas.
Revisar el correo que ya he ido filtrando a lo largo del fin de semana.
Interesarme por las ofertas de empleo pendientes.
Llego tarde.
En algunas ya han cerrado el proceso de inscripción.
En otras estoy entre el trescientos noventa y mueve y el setecientos ochenta, en orden de espera para ser leído.
Vanas esperanzas en ellas.
Sin embargo no todo son letanías.
Revisando mis candidaturas, veo que estoy preseleccionado en algunas.
Esbozo una sonrisa.
Lunes color de rosa.
Está atardeciendo desde mi ventana.
Pero no todo acaba aquí.
Una de mis menciones en Twitter es de una empresa de Valencia que también me busca como formador para otro curso de redes sociales.
Me lo remiten ellos invitándome a consultar el temario mediante un vínculo que enlaza directamente con su página web.
Les respondo que dicho curso puedo hacerlo con los ojos cerrados.
Pero soy un poco más listo.
Desde su página accedo a la sección para postularme como formador.
Mi carta de presentación es extraña.
Por fuerza.
Hago referencia a su invitación de Twitter.
Apenas tiempo para más.
Me cierran la ventana.
Me cierran la biblioteca.
Son las ocho.
Hora de volver a casa.
Cierro el portátil pero no el chiringuito.
Las redes sociales nunca descansan.
Yo, necesariamente cuando duermo.
Si no lo hiciera, sería un hombre pegado a una red social.
Sigo siéndolo.
Es época de cambios.
Seguro.
Y no sólo para mí.
Ahí afuera, hay algo esperándoos.
Hay dos actitudes que tomar.
Esperar a que llegue.
O, ir a buscarlo.
¿De qué parte estás hoy?
Entrada del 21.Buen día gente.
Hoy ha sido lunes.
Y aunque parezca extraño, no ha sido un mal día.
Ha amanecido igual que cualquier otro día.
Cierto es.
Me he despertado como todos los días.
Verdad.
De hecho, no acabo de conciliar el sueño por completo.
Y me cuesta dormir seguido.
Lo achaco al hecho de tener que adaptarme a mi nueva casa.
Aunque ya han pasado casi cuatro semanas que vivo aquí.
Nunca me había costado tanto adaptarme a un lugar.
Circunstancias obligan.
El caso es que tenía una visita de cortesía en Valencia.
A primera hora de la mañana.
Me he tomado con calma el llegar hasta allí.
No me obligaba ninguna hora en concreto.
El caso era llegar y entregar el paquete.
He perdido más tiempo del debido orientándome en la capital del Turia.
Aunque no era la primera vez que acudía a aquel lugar.
Recordaba una calle peatonal.
Una encrucijada de caminos que iba a morir en la entrada de un parking público.
Recordaba mesas, sillas, bares de tapas…
Recordaba calles estrechas.
Estrechos vericuetos.
Aún así, me he perdido entre las calles de Valencia.
El GPS daba una certitud de unos mil quinientos metros.
Complicado encontrar de esta manera nada que mereciera la pena.
Lo más probable es que estuviera a mil quinientos metros de ella.
Exactamente.
Finalmente, llegué a mi destino.
Y paradójicamente había pasado por sus proximidades hasta tres veces.
Esto pude corroborarlo al salir en dirección a Castellón.
Y pasar junto a la plaza de toros.
El caso es que, salía rumbo a mi casa, con los sentimientos encontrados, pero con el deber cumplido.
Y es al pasar junto a la plaza de toros. Y seguir un poco más adelante hasta llegar a la plaza de la villa, cuando decido detener el coche en doble fila.
Me asalta un presentimiento.
Realmente es una certidumbre.
Sé que a lo largo del día de hoy han de llamarme del Centro de Estudios Financieros de Valencia.
Al menos, esa es la convicción que tengo a raíz de los mensajes que nos cruzamos el pasado viernes.
A punto de tomar camino vuelta a casa decido cambiar el rumbo y ponerme en contacto con la empresa para interesarme por esa entrevista.
Qué mejor que aprovechar que ya estoy allí para intentar vernos, y conocer cuál es el interés que la empresa tiene en mí.
Les llamo.
Quedamos en apenas veinte minutos.
A esto se le llama aprovechar el viaje para cerrar dos tratos.
¿Truco o trato?
Cómo se me antoja a Halloween.
Aprovecho mi falta (de tráfico) y consulto a un agente para que me oriente y poder llegar de inmediato al lugar de mi cita.
Instrucciones fáciles y sencillas.
En quince minutos he llegado a destino.
Al entrar en el centro pregunto por quien tengo que hablar.
No he de esperar más de tres minutos.
Amable, una mano tendida me invita a pasar.
Ya conozco las instalaciones.
Hace un par de años fui alumno donde presumiblemente vaya a ser formador ahora.
Hablamos.
Compartimos información.
Ésta es, sin duda, la parte más importante de cualquier entrevista de trabajo.
De acuerdo que es un intercambio de preguntas y respuestas.
Pero, ¿qué en esta vida no lo es?
Lo que hemos de hacer es darnos cuenta de que cuando esto ocurre hemos de saber reaccionar.
Convertir esa especie de interrogatorio en un intercambio de información.
En una conversación donde se funden intereses mutuos.
Hemos de saber interactuar.
Hemos de tener habilidad para contar lo que se necesita saber de nosotros.
Pero también nosotros hemos de saber qué es lo que espera la empresa de quien ocupe el puesto al que optamos.
La entrevista ha de convertirse en un quid pro quo.
De la conversación me quedan claras dos cosas.
Que quieren contar conmigo.
Y que mi perfil encaja perfectamente con la filosofía que la empresa inculca a sus alumnos.
Antes de despedirnos, dejo pendiente remitirle, por correo, información de mi curso de redes sociales.
Ha sido un encuentro emocionante.
Interesante.
Productivo.
Regreso a casa.
Algunas llamadas con el manos libres.
Repaso mentalmente todo lo que ha sucedido.
Aterrizo.
Queda toda una tarde por delante para poner en orden mis ideas.
Pocas horas para redactar una propuesta en la que volcar todo mi convencimiento y mi interés por el tema.
Espero hasta casi las cinco.
Diez minutos antes de la hora del té, salgo hacia la biblioteca.
Paseo vespertino bajo el sol de febrero.
Llego.
El trasiego de las horas pasa rápido.
Apenas tengo tiempo para hacer cosas.
Revisar el correo que ya he ido filtrando a lo largo del fin de semana.
Interesarme por las ofertas de empleo pendientes.
Llego tarde.
En algunas ya han cerrado el proceso de inscripción.
En otras estoy entre el trescientos noventa y mueve y el setecientos ochenta, en orden de espera para ser leído.
Vanas esperanzas en ellas.
Sin embargo no todo son letanías.
Revisando mis candidaturas, veo que estoy preseleccionado en algunas.
Esbozo una sonrisa.
Lunes color de rosa.
Está atardeciendo desde mi ventana.
Pero no todo acaba aquí.
Una de mis menciones en Twitter es de una empresa de Valencia que también me busca como formador para otro curso de redes sociales.
Me lo remiten ellos invitándome a consultar el temario mediante un vínculo que enlaza directamente con su página web.
Les respondo que dicho curso puedo hacerlo con los ojos cerrados.
Pero soy un poco más listo.
Desde su página accedo a la sección para postularme como formador.
Mi carta de presentación es extraña.
Por fuerza.
Hago referencia a su invitación de Twitter.
Apenas tiempo para más.
Me cierran la ventana.
Me cierran la biblioteca.
Son las ocho.
Hora de volver a casa.
Cierro el portátil pero no el chiringuito.
Las redes sociales nunca descansan.
Yo, necesariamente cuando duermo.
Si no lo hiciera, sería un hombre pegado a una red social.
Sigo siéndolo.
Es época de cambios.
Seguro.
Y no sólo para mí.
Ahí afuera, hay algo esperándoos.
Hay dos actitudes que tomar.
Esperar a que llegue.
O, ir a buscarlo.
¿De qué parte estás hoy?
Entrada del 21.
Es febrero.
Año 2.
2011
Es febrero.
Año 2.
2011

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Consultor y Estratega en Social Media y Marketing Digital. Mentor en redes sociales y marca personal. Escritor. Conferenciante. Formador. HootSuite Ambassador Lat-Am y España. Profesor de comunicación digital y marketing digital. Director de formación y profesor en Escuelas de Negocio y centros de estudios. Asesor de empresas en las Cámaras de Comercio de la Comunidad Valenciana.

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