De Servicios, Favores y Perjuicios – Favores y Perjuicios: La moto rota e Historia de un colchón

Os voy a contar algo. Érase una vez, que se era, un lunes hace unos doce días. De buena mañana recibo una llamada. Rondando las diez y media. Una chica de voz dulce, al otro lado del móvil, pregunta por mí. Le respondo afirmativamente: soy yo. Me informa que llama de Motos Montesinos. Tienda de renombre en Castellón. Regentada por don Tomás. Allí hace unos dos años adquirí mi primera y, hasta ahora, única motocicleta.
Una pequeña bastarda de ciento veinticinco centímetros cúbicos.
Made in Taiwan, o China… Sé que su procedencia es asiática.
Un capricho del 2008.
Cuando los tiempos eran buenos.
Cuando el trabajo sobraba.
Cuando mis ahorros no tenían sentido más allá de guardarlos en una cuenta bancaria.
Me gustaban las motos tipo custom.
De las que cuando las ves, en seguida piensas en rebeldía, potencia, seguridad… Rock & Roll.
Mis posibilidades económicas de entonces sólo me permitía acercarme a marcas como la que adquirí: DAELIM.
Modelo DayStar.
Clase Supremme.
La elegí por su forma.
Por su parecido con las de otra marca. Las Harley Davidson.
De haber podido, de poder hacerlo, la próxima que adquiera será de este sello.
El caso es que por recomendación de un antiguo amigo, donde me hice con esta motocicleta fue en Motos Montesinos de Castellón.
La primera vez que la vi mis sentimientos fueron contrapuestos.
Una belleza por fuera.
La sensación de que era un monstruo de potencia por dentro.
El primer viaje desde la tienda lo realizó este amigo.
Ya tenía experiencia llevando motos más potentes.
A mí me daba impresión sentarme en su regazo.
Sentirla entre mis piernas.
Durante el año siguiente apenas sí la usaba.
Porque el tiempo no acompañaba.
Porque Benicàssim, que es donde residía, se caracteriza por ser zona de fuertes vientos racheados que bajan de las agujas de Santa Águeda.
Porque para poder llevar una motocicleta de unos doscientos kilos, hay que estar seguro, y saberla manejar con soltura.
Y porque durante el primer ciclo del año, no se podían superar los sesenta kilómetros por hora, para que el motor se aclimatara y acondicionara.
El caso es que entre unas cosas y otras, empecé a disfrutar de ella a partir de mi segundo año.
Problemas.
No sé por qué, pero bajo el motor, en su frontal, siempre notaba ruiditos de piezas sueltas.
Puntualmente inspeccionada en sus revisiones.
El taller de Montesinos nunca detectaba el problema.
La última revisión en garantía fue hace seis meses.
Más o menos.
Y justo seis meses después, en plena travesía matutina, un frio día de septiembre, mi moto se cala.
Se para.
Se apaga en pleno centro de Castellón.
La acompaño caminando hasta el taller.
Preocupado la dejo bajo la tutela y supervisión de los expertos.
Al cabo de unos días me llaman de don Tomás para decirme que la moto precisa una reparación valorada en unos doscientos euros, sin contar mano de obra.
Les inquiero que la moto ha superado recientemente la revisión sin que se detectara nada.
Discutimos
Cierran el precio de la reparación en esos doscientos euros.
Mi situación laboral es tal, que no puedo permitirme arreglarla.
Les digo que estudien otras vías.
Que no me parece normal que una moto que apenas se ha usado pueda sufrir ese incidente.
No puede ser posible que el cárter haya roto.
Inconcebible.
Quedamos en que estudiaremos (por las dos partes) qué haremos.
Los meses pasan.
De buena mañana recibo una llamada.
Rondando las diez y media.
Una chica de voz dulce, al otro lado del móvil, pregunta por mí.
Le respondo afirmativamente: soy yo.
Me informa que llama de Motos Montesinos.
Tienda de renombre en Castellón.
Regentada por don Tomás.
Me comunica que la moto lleva tiempo en el taller.
Que he de llevármela si no voy a repararla.
Que la reparación asciende a cuatrocientos euros más la mano de obra.
¡Qué locura!
Nada que ver con lo que recuerdo, y que quedó impreso en mi memoria.
Además me comunican que debo de pagar la estancia en el taller.
¿Qué me dices?
Echando cuentas… cuatro meses a trece euros cada día…
¡Estoy soñando!
Hace doce días quedamos en vernos este lunes pasado.
Comprometido, he acudido esta mañana para resolver el problema.
Me espera el técnico.
No el dueño.
Cuando ponemos las cosas sobre la mesa, mi postura es firme.
Le miro en todo momento a la cara.
Siempre mirándole a los ojos.
Duelo de miradas.
La chica de cuando en cuando comprueba los datos en su ordenador.
No tienen los papeles de la garantía.
Ni en su terminal ni en sus ficheros consta que haya llevado alguna vez la motocicleta a su taller a pasar las revisiones.
Alucino.
El técnico siempre cabizbajo.
A un lado, la chica realiza una llamada con su móvil.
Ya llevamos un buen rato discutiendo.
Argullo, poniendo fechas y datos, que en otras ocasiones el taller me ha entregado la moto reparada meses después de haberla dejado.
La chica tapa el auricular y me responde que eso suele pasar cuando tienen que pedir las piezas.
Ágil, le respondo que cómo quieren que yo adivine si durante todo este tiempo ellos han estado pidiendo las piezas, consultando presupuestos… O simplemente esperando que pase el tiempo para luego pedirle les pague un alquiler por ocuparles un espacio en un garaje.
Cuelga.
Me interrumpe.
Me comunica que la dirección le ha dicho que puedo llevarme la moto sin tener que abonar nada.
Si pensaban que tenía previsto pagarles algo, iban listos.
Salgo indignado.
Resuelto y certero en que la motocicleta estaba ya en malas condiciones cuando me la vendieron.
Imposible demostrarlo.
Es un presentimiento.
Me dan de plazo cuarenta y ocho horas para retirarla.
Ahora sí que apremia el tiempo.
Historia de un colchón
También hará unas semanas conocí a una chica de Castellón.
Fue a través de un portal de contactos llamado Badoo.es.
El mismo día en que entablamos conversación por el móvil, quedamos.
Se ofrece a echarme una mano arreglando el piso.
Amable.
Guapa.
Madre.
Preocupada.
La única mano que tiene operativa la emplea para limpiar conmigo lo que puede.
Una lesión laboral le impide utilizar la otra.
La lleva escayolada.
Hablamos.
Limpiamos.
Charlamos.
Le comento que me falta un colchón para una cama de dos plazas.
Ella se ofrece a darme uno suyo.
Le sobra.
Quedamos en que ya pasaré a recogerlo.
Esta mañana me ha llamado.
Me pide que vaya a recogerlo esta noche.
Así lo hago.
A eso de las ocho llega a mi casa con sus hijos.
Sacamos de paseo todos juntos a Lucca.
Regresamos a casa al cabo de cuarenta minutos.
Dejamos a Lucca.
Vamos a cenar.
Se hace breve.
Al terminar les acerco a todos a casa.
A ella y a sus dos hijos.
Aprovecho el viaje para cargar el colchón.
Grande.
Nuevo.
Perfecto.
Lo bajamos y lo cargamos en el coche.
Lo había dejado con las luces de emergencia puestas.
Aparcado en zona de carga y descarga junto a una angosta y estrecha vía.
Poco transitada.
Peor iluminada.
Me despido de ella.
Me despido de su hijo.
Suben.
Se marchan.
Yo entro en mi coche.
Pongo la llave en el contacto.
La electrónica se muere.
La batería agotada.
No recordaba su mal funcionamiento.
Los problemas empezaron con un cortocircuito en la zona del cargador del mechero.
Esto me pasa por no prestar atención a las cosas.
Saco las pinzas de carga.
Levanto el capó del coche.
Coloco las pinzas en sus bornes correspondientes.
Un coche a lo lejos en mi dirección.
Le hago señas…
Me ignora y casi me atropella.
Son las diez cuarenta de la noche.
Lo mismo con los siguientes doce vehículos que pasan.
Maldigo el civismo de los castellonenses.
Finalmente consigo que pare uno.
Les explico.
Se ofrecen a ayudarme.
Detrás llega otro.
Nos pita.
Me acerco y les explico lo que ocurre.
Tienen prisa.
Que aparte el coche.
Les comento la situación.
El mío no puede moverse y si el otro lo ponen delante luego no podrá recular.
No les importa.
Les mando a la mierda.
Les agradezco enormemente su ayuda.
No quiero problemas.
A quienes se pararon para ayudarme les invito a que se marchen.
Mejor así.
Prefiero quedarme esperando a molestar a estos encantadores personajes.
Que se vayan.
Seguramente lo suyo es más importante que el hecho de que yo pueda arrancar mi coche.
Cosa que no me iba a llevar más de cinco minutos.
Se marchan.
Todos.
Quince minutos más tarde consigo que se pare otro vehículo.
Chico joven.
Coche de chuloputas.
Cómo engañan las apariencias.
Justo después llega un Volkswagen enorme.
Un lujazo de coche.
En su interior se adivina una pareja.
Me acerco para informarles de la situación.
Que esperen cinco minutos.
No pienso robarles más tiempo.
Me dicen que no pueden esperar.
Serán…
Les digo que esta vez no pienso ser indulgente.
Ya no.
¡Ahora se esperan!
Me pitan.
Les ignoro.
Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
El chico y yo nos ponemos manos a la obra.
Me abre su capó.
Conectamos los bornes.
Arranco mi coche.
Son casi las doce de la noche.
El chico abandona el lugar, diligente.
Los del Volkswagen al pasar me insultan.
¡Imbéciles!
Me marcho a casa controlando que el colchón no caiga.
He de olvidar.
Pero me parece inconcebible que no haya un poco de decencia ni de civismo.
Que la gente sea tan despreocupada.
Que sea tan ignorante de los problemas ajenos.
¡Lerdos!
Llego a casa.
Mejor corre un estúpido velo.
O dos.
Espero que no tenga que pasar ninguno de quienes me dejó, me inquirió y me insultó por una situación parecida.
Hace falta karma.
Entrada del 10.
Es febrero.
Año 2.
2011

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Consultor y Estratega en Social Media y Marketing Digital. Mentor en redes sociales y marca personal. Escritor. Conferenciante. Formador. HootSuite Ambassador Lat-Am y España. Profesor de comunicación digital y marketing digital. Director de formación y profesor en Escuelas de Negocio y centros de estudios. Asesor de empresas en las Cámaras de Comercio de la Comunidad Valenciana.

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