Cuento de Navidad

Os voy a contar algo. Os voy a contar un cuento de Navidad, al estilo de ‘Me llamo Earl’. ‘Cuento‘, porque es una historia que en muchos aspectos se parece a la realidad. ‘De Navidad‘ porque la época del año en la que estamos le viene al pelo. Y al estilo de ‘Me llamo Earl’, porque de paso, igual me sirve de catarsis personal.

Érase una vez una familia bien avenida que no tuvo más remedio que acoger de nuevo a su hijo mayor en su casa (llamémosle Earl), al haber dejado éste su ciudad de acogida para iniciar una nueva andadura profesional.

Pasaron dos años.

Earl estuvo trabajando en diferentes puestos por tiempo definido en cada uno de ellos. Bien porque era parte de las condiciones del trabajo, bien porque sus expectativas no se adecuaban a las que el propio puesto ofrecía.

El caso es que al cabo de tres años no había certidumbre de que pudiera haber algo que realmente motivara a Earl.

El padre (llamémosle Carl), preocupado por el futuro de su hijo, llegó a la conclusión de que, quizás, podría ser una buena idea crear una empresa familiar. Sin pretensiones. En la que cuajar las experiencias profesionales de los dos (padre e hijo) y que, de alguna manera, sirviera también para aumentar los lazos filiales que había entre ambos.

Dicho y hecho, a principios de 2005 se crea y se pone en marcha su proyecto.

El tiempo pasa, y con esfuerzo, interés y ganas, crecen los contactos, las gestiones, pero no así el negocio.

Al cabo de los seis meses, en una reunión familiar de alto nivel (entiéndase por esto que se reunieron todos los miembros de la familia), se decide ampliar el número de socios de la empresa a dos más, incluyendo a la hermana de Earl y a su reciéntemente inaugurado marido (de ella).

La propuesta es bien aceptada por todos, porque se tiene el convencimiento de que las aportaciones de este miembro político puede aportar sangre nueva, vigor nuevo, y una determinada revitalización del negocio, que ya sí, pasaba a ser familiar.

Se distribuyen y reparten las áreas de desempeño, y de igual modo, las participaciones de la empresa.

Fifty-fifty para cada una de las unidades familiares directas. Padre e hijo un cincuenta. Hermana y marido, otro cincuenta.

As time goes by se vislumbra que para que exista operatividad funcional dentro de las gestiones de la empresa, es necesario que el administrador (la empresa es una sociedad limitada) otorgue poderes ‘ilimitados’ al cuñado (¿os parece bien el nombre de Randy?).

La confianza, la cercanía y los lazos familiares no indican nada en contra. Y todos asienten con entusiasmo esta nueva etapa de la empresa.

No hay división de poderes.

Sólo se otorga potestad a otra persona (a Randy) para que pueda hacer y deshacer, en el convencimiento de que actuará siempre de buena fe, y de acuerdo al beneficio común de la empresa.

Pasa el tiempo.

Un año y medio, exactamente. La empresa va viento en popa.

Las tareas encomendadas a Randy son fructíferas y provechosas para todos.

La empresa genera un volumen de negocio de cerca más de cinco millones de euros.

Todos contentos. Proveedores, clientes, empleados, contratistas…

Parece que, por fin, las cosas sonríen de una manera especial.

Nada hace temer lo que luego se vendría encima.

Tres años después de que la empresa se hubiera puesto en marcha; dos años y medio después de la incorporación de los nuevos socios; apenas un año después de haber firmado un negocio de cinco millones de euros… sobrevino (o vino) lo inesperado.

Inesperado por imprevisible. Algo que no se veía venir. Que no se esperaba. Y que de ninguna manera se confiaba en que sucediera.

Desde ese momento, comienzan a sucederse una cadena de acontecimientos que precipitarán el cierre de la empresa.

Pero que con el 2008 recién empezado, nada hacía vaticinar la hecatombe.

Los hechos descubiertos a principios de 2009, han de relatarse de manera inversa, porque éste fue el orden en que se fueron conociendo, a medida que se fue deshaciendo la complicada madeja de intereses que se descubrió a finales de 2008.

El caso es que a partir de octubre de 2008, Earl decide tomar las riendas de la empresa, en cuestión de gestión de proveedores y contratistas, porque algo le huele raro en Dinamarca.

No es que no se fíe de Randy, pero sí que es cierto que ha habido cierto oscurantismo en sus recientes gestiones. Trámites de los que no ha sido informado el resto de la empresa.

Y esto ha sembrado un ápice de desconfianza en Earl.

El caso es que Earl se pone en marcha con la negociación en el pago de proveedores y contratistas. Porque va a haber un retraso en el pago, y Earl considera que es necesario ir de cara con todos, y avisarles de que estos aplazamientos van a producirse.

Así que se toma el mundo por montera, apechuga con las reclamaciones por llegar, y visita uno por uno a cada uno de sus consignatarios para explicarles lo que se tiene previsto hacer.

Obviamente, a todos ellos se les da una explicación a tenor de la información que Randy ha provisto a la empresa.

Todos los acreedores acuerdan, todos, que por la confianza y la sinceridad de Earl, es bueno dar un margen a la empresa.

Un margen de tres meses más.

Pasado ese tiempo (ya estamos a principios de 2009), se descubre el verdadero pastel de cumpleaños.

Randy no había contado a la empresa que había realizado una compra por valor de casi un millón de euros de un solar, y que para ello había pedido otro crédito a nombre de la empresa.

Randy no había contado a la empresa que de aquel negocio de cinco millones de euros, había modificado, motu propio, uno de los contratos de venta, anulándolo, y dejándolo a expensas del mercado.

Así que, la empresa, los socios, Carl, Earl y su hermana, se encuentran con que sus previsiones de ingresos para hacer frente al pago de proveedores y clientes, sencillamente… se esfuman.

La situación no es fácil.

Para nadie.

Tampoco para proveedores y contratistas, que son los daños colaterales de todo este tinglado.

Y digo esto porque parece que a algunos de los proveedores le causa risa y complacencia el hecho de que la situación de Earl se haya convertido en dramática.

Y todo porque sus expectativas de cobro no se realizaron.

Con esto no quiero justificar nada.

Simplemente dejar claro que a veces las piedras se tiran contra el tejado equivocado.

Y que puede que los daños colaterales no hayan sido ellos.

Sino todo lo contrario.

Han sido los perjudicados principales.

Y Carl, Earl y la hermana, los daños colaterales de un proyecto familiar, que se torna por momentos dramático en todos los sentidos.

No quiero demostrar nada, pero todo cuento tiene su moraleja.

Y la de éste es que antes de acusar, primero hay que informarse.

Porque igual se culpa de algo a alguien quien trató de evitarlo por todos los medios, cuando ya era ineludible.

Nada más.

Entrada del 17.
Es diciembre.
Año 1.
2010


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Consultor y Estratega en Social Media y Marketing Digital. Mentor en redes sociales y marca personal. Escritor. Conferenciante. Formador. HootSuite Ambassador Lat-Am y España. Profesor de comunicación digital y marketing digital. Director de formación y profesor en Escuelas de Negocio y centros de estudios. Asesor de empresas en las Cámaras de Comercio de la Comunidad Valenciana.

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Antonio V. Chanal

    Querida usuaria anónima de ayer, antes de acusar de nada, te ruego que te informes de los datos, pormenores y detalles de cómo se llegó a esa situación.

    Quiero que sepas que por parte de Earl se hizo lo indecible porque no se produjera el cierre, pero no hubo más remedio. Motivado por una negligente gestión de una tercera persona (Randy). Gestión que hizo a espaldas de Earl.

    Precisamente Earl quiso hablar con cada uno de los proveedores cara a cara, con los datos que tenía entonces, y no esconderse. En un intento por arreglar la situación para todos.

    Pero cuando se descubrió la verdad de lo que había pasado, tres meses depués, no había nada que hacer.

    No se negoció con vosotros para no pagar. Se hizo para pagar, tarde, pero hacerlo.

    Y si no se pudo fue porque no había manera de coger lo que se descubrió.

    Si te hace ilusión cargar las tintas contra Earl. Hazlo.

    No te lo recriminará.

    Pero estás equivocando tu diana.